Ya sea para acompañarnos en los trayectos en el transporte público, para ayudarnos a conciliar el sueño o matar el aburrimiento en alguna sala de espera, una buena lectura acompaña a quienes eligen dejarse llevar por la imaginación que provocan sus páginas. En Chile, las cifras de la última Encuesta Nacional de Participación Cultural y Comportamiento Lector (2024) revelan que las personas leyeron en promedio 5,5 libros por gusto u ocio durante los últimos 12 meses.
A pesar de sus transformaciones a formatos digitales, estos objetos que guardan conocimientos y entretenimiento siguen suscitando un alto interés en su impresión. Una industria completa respalda su mercado y, en todo el mundo, las ferias internacionales de libros marcan la pauta cultural en sus territorios. Desde la primera publicación de un catálogo comercial editorial en 1564 –en donde el librero George Willer reseñó por materias más de 200 obras–, hasta la consolidación de importantes eventos como las Ferias Internacionales del Libro de Fráncfort, Leipzig, Bolonia, y su traducción hispanoamericana con las de Guadalajara, Buenos Aires y Bogotá, su tradición convirtió estos eventos en espacios de promoción de la lectura y de conexión empresarial entre industrias del sector. Y para el público general, en lugares de encuentro con sus autores favoritos.
En Chile, la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA) finalizó recientemente su 44ª edición con diez días de celebración en torno al ecosistema literario. Conformada por cientos de actividades entre presentaciones de libros, lecturas, conversatorios, premiaciones, recitales y homenajes, se podría decir que su realización fue todo un éxito.
Sin embargo, el evento organizado por la Cámara Chilena del Libro (CCL); agrupación gremial que reúne a editoriales, distribuidoras de libros y librerías, ha ido ganando detractores dentro de sus propias filas. Este “fuego amigo” critica la pérdida de relevancia del que dicen haber sido uno de los más grandes eventos culturales de toda la industria creativa. Los mayores autores del país lanzaban sus novedades allí, personajes de envergadura internacional se reunían en sus escenarios y todo esto generaba grandes aglomeraciones de público en el Centro Cultural Estación Mapocho.
Entre sus críticos más prominentes, se encuentra quien estuvo a cargo de este evento entre 2011 y 2014 y quien dirige actualmente la Editorial Catalonia, Arturo Infante. Hace algunos días aseguró que “los lectores y autores han perdido un hito cultural incorporado a sus vidas, tal vez el más importante del año, donde se daban cita en una experiencia festiva y enriquecedora que todos extrañan. FILSA es hoy un espacio más para vender libros, pero con costos altos de participación y público escaso, y tampoco es una propuesta cultural imperdible”.
También la directora ejecutiva de Editoriales de Chile, Francisca Muñoz, declaró que no contar con un evento internacional del libro en Chile “nos quita del circuito literario mundial”. Y alega en sus argumentos las barreras de acceso que se han impuesto en los elevados costos para la presencia de stands de editoriales, así como también la venta de entradas al público.
Sin duda, ya no existen las cifras grandilocuentes de asistencia como las del año 2012, en donde se registraron 300 mil visitantes. Tampoco las campañas de marketing que provocaban un avasallador interés mediático como la del eslogan “Filsa pa’l que lee” en 2013. Atrás quedaron las presencias de figuras como el Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, o los grandes nacionales Isabel Allende y Alejandro Jodorowsky.
Múltiples factores han afectado a un encuentro que ha perdido peso en la agenda cultural del país y que no se condice con la buena salud de la imagen editorial chilena más allá de nuestra frontera. No por nada, será el invitado de honor en la Feria de Francfort 2027, además de ser galardonado como el mejor stand en la FIL Guadalajara 2025, por segundo año consecutivo. Y también, nombrado por primera vez como país invitado de honor en el Salón del Cómic de París 2025.
Quizás sea hora de reflexionar sobre las mejores estrategias para darle nuevos aires a FILSA. Escuchar a los actores clave que podrían revivir el esplendor que alguna vez tuvo requiere reunir nuevamente a todos los gremios editoriales, como sucedió durante tantos años. Y actualizar su propuesta de forma que la intersectorialidad permita el diálogo entre los libros y otras creaciones artísticas y de pensamiento contemporáneo: ampliando así sus formatos, dispositivos y representantes.