Como suele ocurrir con el director de cine Christopher Nolan (The Dark Knight Rises, 2012 y Oppenheimer, 2023), su nueva película La Odisea no sólo ha sido noticia desde su estreno por superar cifras de taquilla que, a estas alturas, casi compite únicamente con sus filmes pasados. Además, su ímpetu por la experiencia cinematográfica presencial ha volcado otra buena parte de la atención en ser esta la primera cinta en ser rodada plenamente con cámaras IMAX.
Con ello, incluso antes de su exhibición se abrieron preguntas sobre si es más importante la calidad técnica de las grabaciones o el acceso masivo al séptimo arte. Sin ir más lejos, en Chile no existen salas con pantallas de 70 mm para apreciarla como fue concebida: de manera inmersiva. Y, por tanto, tenemos que verla con encuadres que recortan planos y disminuyen su resolución.
Así las cosas, otra curiosidad no menor ha atraído los focos sobre esta producción y dirección de Nolan. Se trata del guion, también realizado por él, y basado en una de las obras más importantes de la literatura occidental. En cerca de tres milenios de historia, este poema épico de la antigua Grecia que se atribuye a Homero, ha sido traducido a casi todos los idiomas escritos y de cada uno de ellos existen varias versiones.
La elegida por Nolan fue realizada por Emily Wilson, clasicista y autora de la primera traducción completa de la famosa epopeya al inglés hecha por una mujer. Publicada en 2017, se convirtió rápidamente en un hito cultural al entregar nuevas interpretaciones de un canon heredado por siglos de lecturas dominadas por una mirada masculina de la historia.
De hecho, “háblame de un hombre complicado”, frase con la que Wilson comienza su traducción, fue una de las mayores inspiraciones de Nolan para hacer esta película. Pero justamente esta apertura a un universo más psicológico y contemporáneo ha sido una de las críticas comentadas por quienes han tildado negativamente de “woke” o “feminista” a esta adaptación.
Ante este reclamo e imperativo sobre la proximidad con el texto original, cabe revisar las palabras de uno de los escritores latinoamericanos más reconocidos en su trabajo como traductor, distintivo por priorizar la recreación creativa por sobre la fidelidad literal. El argentino Jorge Luis Borges, en Las versiones homéricas (1932) precisó sobre las traducciones: “¿Qué son sino diversas perspectivas de un hecho móvil, sino un largo sorteo experimental de omisiones y de énfasis? Presuponer que toda recombinación de elementos es obligatoriamente inferior a su original, es presuponer que el borrador es obligatoriamente inferior al borrador, ya que no puede haber sino borradores. El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”.
¿Existen, entonces, traducciones superiores o esa calificación tiene más que ver con los objetivos de quiénes las leen? De haber una escala, ¿Qué hace a unas traducciones ser mejores que otras? Y finalmente, ¿Cuál es el fin de una traducción, la fidelidad impoluta a su original o el relevo coherente de códigos entre culturas?
Quizás esta versión incomode precisamente porque recuerda que ningún clásico pertenece para siempre a una sola lectura. Y que las grandes obras no sobreviven porque permanezcan intactas, sino porque aceptan el riesgo de ser reinterpretadas una y otra vez por generaciones que hacen preguntas distintas. Tres mil años después, el verdadero viaje Odiseo no es solo el regreso a Ítaca, sino el de un texto que sigue encontrando nuevos puertos, nuevas voces y nuevas formas de volver a casa.