Con la apertura de los Fondos Cultura 2027, miles de artistas, investigadores y gestores culturales de Chile volverán a abrir un documento en blanco. Pero no necesariamente para escribir un libro, idear una exposición o desarrollar una investigación. Antes deberán traducir una intuición creativa al lenguaje administrativo de un formulario, anticipando objetivos, impactos y resultados que, en muchos procesos creativos, solo pueden descubrirse durante el camino. Cualquier persona que haya postulado alguna vez a un fondo público conoce esa experiencia: antes de crear, se debe convencer a otros de que vale la pena hacerlo.
Está claro que la administración de recursos públicos exige criterios de transparencia. El problema aparece cuando el tiempo dedicado a justificar el trabajo comienza a competir con el tiempo necesario para realizarlo. La tensión cobra especial relevancia este año, luego de que distintas líneas y modalidades experimentaran reducciones significativas en sus recursos disponibles, algunas cercanas al 50%. Si bien la Subsecretaría sostiene que el presupuesto global de la convocatoria disminuyó un 9%, el rediseño de varias líneas implica que, en numerosos casos, el esfuerzo administrativo para postular permanece prácticamente intacto mientras las posibilidades de adjudicación se reducen.
El recorte presupuestario también transmite una señal política. Destinar menos recursos que en la convocatoria anterior para financiar la creación de obras, festivales o la formación de artistas obliga a preguntarse qué lugar ocupa hoy el fomento de las artes dentro de las prioridades del Estado. ¿Qué estrategia para el desarrollo artístico está delineando esta administración? ¿Cómo dialoga esa reducción con el discurso sobre el valor de la cultura?
Resulta interesante revisar también otras modificaciones de las bases. Por ejemplo, las actividades de transferencia pasan a representar el 50% de la evaluación de la postulación, se incorporan líneas específicas para óperas primas que buscan apoyar a creadores en etapas iniciales y se fortalece el énfasis en proyectos dirigidos a infancias y público familiar. A ello se suma un conjunto de medidas orientadas a evitar la concentración de recursos públicos, restringiendo la posibilidad de que una misma persona o entidad acumule financiamiento en distintas convocatorias. En conjunto, estos cambios sugieren una redefinición de las prioridades del fomento público a la creación artística.
En este punto, conviene detenerse en una dimensión que suele quedar fuera del debate. La adjudicación de un proyecto rara vez representa la conquista de una estabilidad financiera para artistas, investigadores, gestores o espacios culturales. Apenas termina una convocatoria comienza la siguiente. Conseguir financiamiento deja de ser una excepción y pasa a convertirse en una condición permanente del trabajo. Poco a poco, la burocracia deja de ser un instrumento para sostener la creación y comienza a reorganizar la propia naturaleza del trabajo creativo.
La escritora española Remedios Zafra reflexiona sobre este fenómeno en El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática. Allí sostiene que el problema no es únicamente la proliferación de formularios o informes, sino la normalización de un estado de evaluación permanente.
“Ningún trabajador puede vivir en un estado de evaluación permanente”, escribe. “Primero, por lo ya sugerido: tras la alegría breve por haber logrado ese proyecto, sabes que tendrás que preparar el siguiente para no quedarte sin nada una vez termine. Segundo, por algo más doloroso para quien en algún momento amó ese trabajo. Me refiero a la dificultad para concentrarse en él cuando el tiempo lo ocupa la omnipresente justificación administrativa para lograr un presupuesto, o para mantener un trabajo. Así, el «lo he logrado» muta en la intimidad en «maldita la hora», «¿en qué momento?», «¿cómo he llegado a este punto?» o «que alguien me ayude a salir de aquí».
Quizás ese sea el punto más importante que abre esta nueva convocatoria. No solo cuánto presupuesto destina el Estado a la cultura o qué proyectos decide priorizar, sino también qué condiciones está creando para que artistas, investigadores y trabajadores culturales puedan desarrollar un trabajo con sentido. Cuando el esfuerzo que exige postular permanece prácticamente intacto, pero las posibilidades de adjudicación disminuyen de manera tan significativa, ese trabajo administrativo adquiere un peso mayor. Porque cuando las horas destinadas a justificar un proyecto terminan desplazando aquellas necesarias para crear, el riesgo no es únicamente la burocratización del trabajo artístico, es el progresivo vaciamiento de aquello que le daba sentido.