Imagina salir de una consulta médica con una receta en la mano. Diagnóstico: estrés y aislamiento. Prescripción: una función de teatro cada quince días. Otras indicaciones: ir acompañado. Aunque pueda sonar poco convencional, en distintos lugares del mundo, y también en Chile, cada vez más personas reciben “recetas culturales” que les indican participar en actividades artísticas como parte de una concepción más amplia de aquello que contribuye a nuestra salud.
Esta idea tiene un nombre y ha ganado espacio en distintos sistemas de salud del mundo: prescripción social (social prescribing). El punto de partida es sencillo, y es que ciertos pacientes sufren de malestares a causa de factores sociales o emocionales, que difícilmente pueden abordarse sólo mediante fármacos o tratamientos médicos. La receta, entonces, puede incluir actividades comunitarias, contacto con la naturaleza y también experiencias artísticas y culturales.
En Chile, un ejemplo reciente es el convenio entre la Fundación Teatro del Lago y el Hospital Puerto Montt para implementar Recetas Culturales, iniciativa que el teatro desarrolla desde hace tres años junto al Hospital de Frutillar y que ahora amplía su alcance a la capital regional. El programa permite a profesionales de la salud entregar una “receta” para asistir gratuitamente, junto a un acompañante, a experiencias artísticas. A la fecha, se han entregado más de 800 a pacientes con enfermedades oncológicas, dolor crónico y personas en tratamiento por consumo problemático de alcohol y drogas.
La relación entre artes y salud está lejos de ser una idea antojadiza. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud no simplemente como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de bienestar físico, mental y social. En 2019, su Oficina Regional para Europa publicó una revisión sobre artes, salud y bienestar que reunió evidencia de más de 3.000 estudios. El informe concluye que las artes pueden contribuir a prevenir problemas de salud y promover el bienestar, así como al manejo y tratamiento de enfermedades. Pueden ayudar a reducir el estrés, favorecer el desarrollo cognitivo y promover vínculos que protegen nuestra salud, pero también acompañarnos durante una enfermedad, ayudándonos a procesar emociones, afrontar síntomas y tratamientos y mejorar nuestra calidad de vida.
Uno de los principales referentes internacionales es el Reino Unido, donde el Servicio Nacional de Salud (NHS) incorporó la prescripción social a su modelo de atención. A través de los llamados link workers, los pacientes pueden conectarse con actividades de sus propias comunidades, desde grupos de caminata y jardinería hasta canto, lectura y creación artística. Allí también surgió Museums on Prescription, que trabajó con personas mayores en riesgo de aislamiento mediante programas en museos y galerías, registrando mejoras en su bienestar psicológico.
Experiencias similares existen en otros países. En Estados Unidos, CultureRx y Art Pharmacy derivan pacientes hacia actividades artísticas; mientras que en Las Rozas, España, profesionales de atención primaria comenzaron a “recetar” jardines terapéuticos que combinan naturaleza, creación y encuentro comunitario.
Chile tampoco parte desde cero. Desde 2024, la Dirección de Salud Municipal y la Corporación Cultural Municipal de Chillán desarrollan su propio programa de Receta Cultural. A ello se suman distintas experiencias que han explorado los cruces entre arte y salud: como La Ronda, que lleva música en vivo a las salas de espera del Hospital Pediátrico Dr. Exequiel González Cortés, o el programa Más música, más salud que lleva intervenciones musicales a espacios del Hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar.
Las artes no necesitan convertirse en medicina para justificar su existencia, pero la evidencia sobre la salud amplía las razones por las cuales una sociedad debe garantizar su acceso. Si aceptamos que la participación cultural contribuye al bienestar individual y colectivo, las desigualdades de acceso a las artes dejan de ser únicamente un problema del sector cultural y adquieren también una dimensión de salud pública. Garantizar el acceso a la cultura, entonces, no solo se entiende como ampliar nuestras posibilidades de creación y participación: es también ampliar nuestras posibilidades de bienestar.