Entre recortes presupuestarios e importantes modificaciones a las bases de los fondos concursables, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio también anunció el cierre de la convocatoria del Premio Nacional de Literatura 2026. El más importante galardón a las letras chilenas se otorga desde 1942 y, por primera vez desde el regreso a la democracia, será entregado de forma anual y consecutiva, tras el reconocimiento al escritor Ramón Díaz Eterovic en 2025.
Su premiación provocó algunas sorpresas en el entorno literario local. Sin duda, un género como la novela policial no había ocupado antes este podio. En palabras del propio Díaz Eterovic, su escritura proviene de “una doble marginalidad: por un lado, porque era un género literario que era menospreciado. Por otro lado, porque tocaba temas contingentes, como la dictadura y los atropellos a los derechos humanos, que tampoco eran bien vistos en ese tiempo”.
Fue justamente esto lo que destacó el jurado de la instancia al celebrar a un cultor de obras populares, así como también lo hizo al mismo tiempo con el Mono González y Jaime Vadell en sus propias disciplinas. En un contexto de gobierno que se reconocía a sí mismo como afín al progresismo y cercano al mundo popular, la proyección de estas ideas en figuras públicas permitió que este hito se alineara con el relato del momento histórico.
Así como lo describió el sociólogo francés Pierre Bourdieu en El campo literario (1984), el valor de las obras de arte no reside únicamente en los artistas, sino también en el campo de producción como universo de creencias, a través de instrumentos como los premios. Entonces, esta forma de legitimación plantea la pregunta: ¿Se premia a las obras, a los artistas o, a través de ellos, a la representación de una idea de país?
Siguiendo esta tesis, es crucial entender las distinciones que se le atribuyen a cada candidato para reconocer en ellas la fuerza de sus postulaciones. Quienes son parte de la Nueva narrativa chilena, el despertar literario de los 90, y son postulados por pares escritores, artistas y gestores culturales: el columnista, famoso tallerista y “artesano de la novela”, Gonzalo Contreras, así como la autora de novelas y cuentos, Ana María del Río, quien rompió tabúes locales sobre la sexualidad femenina.
A ellos se suma el cronista Roberto Merino, conocido por su descripción de la experiencia urbana cotidiana y, en esta oportunidad, respaldado por la U. Diego Portales. También el escritor Marcelo Mellado, una candidatura propuesta por la editorial La Pollera, que destaca por el humor y la parodia en una escritura que aborda la mediocridad institucional chilena.
Propuesta por la U. Católica de Valparaíso, está Cynthia Rimsky, cuya narrativa del viaje y del desarraigo explora la memoria y la identidad mientras cruza géneros literarios. Además de la periodista Alejandra Costamagna, apoyada por Garceta Ediciones y reconocida como una voz importante dentro del movimiento Literatura de los hijos, a partir de una narrativa sobre la dictadura, desde la mirada de quienes vivieron la represión mientras eran jóvenes.
Sin duda, todas ellas son nominaciones que consagran trayectorias sólidas de creación. Y, al mismo tiempo, vienen respaldadas por comunidades enteras de artistas, editores y académicos. Sus motivaciones y estilos también podrían decidir qué lenguajes, territorios, y sensibilidades marcarán el canon institucional de este año. Una práctica que desafía la idea romántica de la literatura como resultado de una genialidad individual y propone una interpretación más bien colectiva.
Así, en la idea de Chile que quedará en los archivos de este fragmento de nuestra historia, la elección también será una renuncia: consagrar una trayectoria supone privilegiar una determinada manera de narrarnos por sobre otras igualmente posibles.
Uno de los ejemplos más elocuentes sea el de Gabriela Mistral, quien debió recibir primero el Premio Nobel de Literatura en 1945 para que, seis años después, Chile le otorgara su Premio Nacional. Porque los reconocimientos no solo distinguen aquello que una sociedad considera valioso: también revelan sus omisiones, sus resistencias y, a veces, aquello que tarda demasiado tiempo en aprender a reconocer como propio.