“Creo que nunca voy a ganar el Premio Nacional de Artes Plásticas, pero me gusta provocar esa discusión”, dijo Alejandro “Mono” González a The Clinic en 2022. Por esa fecha, el histórico pintor y muralista nacional respondía a interrogantes tras su tercera nominación a la mayor distinción artística entregada por el Estado chileno.
Pero a pesar de no recibir el reconocimiento bianual (ni el monto económico que lo acompaña o la pensión vitalicia de 20 UTM), el Mono González siempre ha aclarado que más que ganar, lo importante es instalar la discusión sobre el lugar del arte popular en las élites culturales.
Y así han pasado ya cuatro nominaciones, desde el año 2017, en donde el egresado de diseño teatral de la Universidad de Chile y cofundador de la Brigada Ramona Parra, ha comprobado el apoyo que despierta su nombre en una población no menor de artistas, cultores y gestores, incluyendo a los Premios Nacionales Miguel Lawner, Guillermo Núñez y Raúl Zurita. A esta cruzada también se han unido organizaciones sociales e instituciones como la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, el Museo a Cielo Abierto de San Miguel, junto a académicos y académicas de importantes universidades chilenas y extranjeras.
De hecho, la campaña llamada “El Mono al Nacional” se ha revitalizado por quinta vez y lleva más de 2.500 firmas que buscan su premiación para este año. Sobre los constantes intentos, en entrevista con La Tercera, el Mono reflexionó: “¿Hay algún Premio Nacional de Arte que camine por la calle y lo reconozcan? No creo”. Sus opiniones también han apuntado a la lejanía histórica del arte callejero con la academia, así como también a la incompatibilidad de esta disciplina con el circuito comercial del arte.
Sin embargo, su candidatura podría representar una condecoración distinta: a la cercanía con lo pop, desde lo periférico y marginal. Así como sucedió también con Andrés Pérez en el teatro, Patricio Manns en la música, e incluso Violeta Parra con el folclore. Porque desde sus inicios, pintando codo a codo con Roberto Matta y hasta la actualidad con el local de serigrafía que dirige en el Persa Biobío, sus obras han impactado el espacio público y a su población en más de cinco décadas de trayectoria.
Su trabajo se encuentra en el Metro de Santiago, en barrios populares de todo Chile y también en ciudades europeas o norteamericanas, en icónicas películas como “Machuca” o series como “Ecos del desierto” e incluso en el aprendizaje de estudiantes en talleres y cátedras universitarias. Pero siempre con la premisa del diálogo y el contacto con otros. Teniendo claro que “nunca llegamos como caídos del cielo a pintar. Todos participan en nuestros murales, proponiendo colores y contenidos”.
Por eso se define a sí mismo como un “trabajador del arte”. Y entre las miles de personas que visitan todos los fines de semanas el barrio Franklin, muchas de ellas se deben haber topado con este artista que invita a la conversación como si a pintar un mural fuera. La lengua como pincel, la obra como prédica y la conversación como un trabajo colectivo que debe impregnar al arte para no alejarse nunca de las inquietudes, pasiones y necesidades del pueblo al que pertenece.