Hay algo casi trágico en la fuerte contradicción que atraviesa la Bienal de Venecia 2026, que por estos días se alista para abrir sus puertas al público. La paradoja es que todo el ruido mediático se produzca precisamente en torno a una versión que se desarrolla bajo el título In Minor Keys (Notas menores); una invitación a bajar el volumen, desacelerar el ritmo y resistir la grandilocuencia del espectáculo contemporáneo, que ha terminado absorbida por una repercusión mediática muchísimo más estridente.
La primera fractura ocurrió incluso un año antes de abrir sus puertas: con la repentina muerte de Koyo Kouoh, primera mujer africana nombrada para dirigir la Biennale. Su exposición quedó concluida por el equipo curatorial que ella misma había designado, respetando una visión que proponía “rechazar el espectáculo del horror” y “escuchar las tonalidades menores”. Kouoh imaginaba una bienal capaz de resistir “la grandilocuencia orquestal y las marchas militares”, apostando por frecuencias más bajas, por la poesía, la escucha y la pausa. Pero hoy todo parece moverse en sentido contrario.
Luego, apenas nueve días antes de la apertura al público, vino el verdadero terremoto: la renuncia en bloque del jurado internacional, tras semanas de tensión por la participación de Israel y Rusia. El conflicto se había abierto cuando sus integrantes anunciaron que no considerarían para los premios a países cuyos líderes estuvieran acusados por la Corte Penal Internacional, desatando una discusión mayor. El artista Belu-Simion Fainaru, representante israelí, acusó antisemitismo, mientras más de 200 artistas y agentes culturales vinculados a la Bienal pidieron excluir a Israel del certamen.
La polémica escaló hacia la política. La Comisión Europea amenazó con retirar parte del financiamiento a la Bienal por la presencia rusa, mientras dentro del propio gobierno italiano surgieron divisiones frente a su regreso. En contraste, Pietrangelo Buttafuoco, presidente de la Bienal, defendió la participación, apuntando a un espacio de diálogo y libertad artística.
La crisis deja al descubierto que la Bienal no solo exhibe obras: también administra legitimidades, en un ritual de validación simbólica global. Y ahí emerge la pregunta: ¿puede realmente el arte apelar a “los consuelos de la poesía y la música” frente al caos contemporáneo? ¿Puede una exposición internacional sostener todavía una idea de neutralidad estética mientras el mundo atraviesa guerras y violencia?
La discusión ha dividido al mundo artístico. Frente al pabellón ruso, integrantes de Femen y Pussy Riot realizaron protestas con bengalas contra una bienal que, acusan, permite “continuar el espectáculo” mientras las guerras siguen cobrando muertes. Rusia, de hecho, decidió no abrir regularmente su pabellón al público general, en medio del temor a sabotajes. Israel, por su parte, enfrenta llamados al boicot impulsados por el colectivo Art Not Genocide Alliance que, con protestas convocadas en las inmediaciones, denuncian a la organización como cómplice del sufrimiento palestino y ucraniano.
Un artista que vale la pena observar en medio de esta discusión es Ai Weiwei, cuya obra ha estado marcada justamente por convertir conflictos políticos y humanitarios en materia artística, y quien acaba de publicar el libro On Censorship (Sobre la censura). En ese contexto, se declaró abiertamente en contra de cualquier exclusión: “La Bienal de Venecia no debería hacer juicios de valor sobre posturas políticas. Lo contrario es censura”, afirmó. El artista, que ha sido perseguido y encarcelado por el gobierno chino, argumenta que la censura no es exclusiva de las autocracias, sino que también atraviesa las democracias occidentales y representa una amenaza para la expresión.
¿Es entonces la Bienal de Venecia un evento artístico o un evento político? Porque incluso la propia arquitectura del evento revela jerarquías difíciles de ignorar: mientras algunas naciones poseen edificios permanentes en los Giardini, la sede tradicional y corazón histórico de la Bienal, otras deben arrendar espacios temporales alejados del centro. Algunos países regresan incluso en medio de sanciones y guerras; y otros apenas logran sostener su presencia.
Y allí emergen otras contradicciones, ¿por qué nadie parece discutir, por ejemplo, la presencia de Estados Unidos cuando se habla de censurar a países involucrados en guerras? Todo ello evidencia que la Bienal no solo representa la creación artística contemporánea del mundo, sino también el orden geopolítico del mundo, con sus estridencias, omisiones y silencios.