Para la mayoría de las películas en las carteleras de cines comerciales, la proyección de sus imágenes durante más de un mes no significa mucho. Son grandes producciones que cuentan con un sólido financiamiento y nacen integradas en la maquinaria de la circulación internacional, lo que les permite competir sin límites entre sí.
Pero cuando un filme chileno e independiente celebra este hito, significa que, a pesar de las dificultades propias de crear arte nacional, su contenido logró atraer a una audiencia que no solo abandonó el streaming para acudir a las salas tradicionales, sino que además eligió algo poco común: mirar contenido local por sobre tantos otros hollywoodenses que invaden por exposición algorítmica en redes sociales y por su presencia fija en las premiaciones más televisadas.
Este año en particular, dos cintas chilenas lograron esta hazaña. Se trata, por un lado, de La misteriosa mirada del flamenco de Diego Céspedes. Su western queer en el norte minero cosechó éxito en festivales tan relevantes como Cannes y San Sebastián, e incluso fue nominada a Mejor película iberoamericana en los Premios Goya 2026.
La otra revelación es Matapanki, de Diego Fuentes, que ha triunfado tanto dentro como fuera del país. La película del antihéroe punk arrasó en el Festival de Valdivia y fue destacada en la Berlinale.
Resulta todavía más interesante que ambas obras aborden temáticas y estéticas no convencionales, e incluso representen culturas marginales. Y, por tanto, sus posiciones también son la posibilidad de refrescar las grandes pantallas con nuevas historias e imágenes y, al mismo tiempo, de romper con ellas algunos estigmas propios de su invisibilización.
Por eso, cuando el gobierno anuncia reducciones presupuestarias como las que afectan al Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, cae de cajón preguntar qué se recorta realmente.
En un universo como el cine y la televisión, donde la creación artística es tan costosa, la noticia sobre la disminución general de $13.087 millones que afectará al Fondo Audiovisual, el descuento de $2.319 millones del Fondo Corfo Audiovisual e incluso la sugerencia de Hacienda de descontinuar el Fondo CNTV, enciende todas las alarmas.
Y es que, históricamente, el cine ha necesitado de todos los apoyos posibles para su realización. Sus equipos de trabajo son grandes, sus jornadas extensas y su tecnología es de alto precio. Para la coproducción internacional de Céspedes, por ejemplo, “fueron tres años y medio en búsqueda de financiamiento por todos los países”.
¿Qué mensajes se entregan hoy a una industria que, a pesar de su éxito, ve reducidas sus posibilidades creativas? ¿Cuáles serán las imágenes que prevalezcan en un espacio competitivo cada vez más pequeño? Y, a propósito del retroceso en el respaldo nacional, ¿cómo impactará la necesidad de buscarlo afuera en la autonomía de las producciones locales?
Mientras se concreta una merma total en la inversión cultural de –hasta ahora– más de 51 mil millones de pesos, la cultura chilena ve temblar sus fondos y, con ellos, los ya inciertos escenarios donde se inscriben sus creaciones. Quizás ha llegado el momento, como advirtió hace décadas Raúl Ruiz, de dejar de juzgar las artes desde la política y comenzar a observar qué política se revela en las imágenes que un país decide sostener o dejar desaparecer.