A propósito de las deudas universitarias y los embargos asociados al Crédito con Aval del Estado, recientes dichos del ministro Nicolás Quiroz, que llamó a los jóvenes a tener “cuidado de endeudarse para estudiar carreras donde a lo mejor hay menos futuro”, volvieron a instalar una pregunta: ¿Tiene sentido dedicar años de estudio y recursos económicos a disciplinas cuyo retorno financiero parece incierto?
Si se responde únicamente desde una lógica de mercado, es cierto que existen carreras que ofrecen mejores niveles de empleabilidad, salarios y trayectorias laborales más estables. También es cierto que numerosos trabajadores de las artes y la cultura desarrollan su labor en condiciones de precariedad e incertidumbre.
Pero el problema aparece cuando asumimos que la rentabilidad económica constituye el único criterio válido para determinar el valor de un conocimiento. Porque si aceptamos esa premisa, quedan también bajo la lupa las humanidades y numerosos campos del saber cuyo aporte a la sociedad excede ampliamente su rendimiento económico. Bajo esa lógica, el valor de una disciplina depende exclusivamente de su capacidad para generar ingresos individuales inmediatos.
Sin embargo, también existen riesgos asociados a la construcción de una sociedad que se sostiene únicamente sobre aquello que resulta rentable. La pregunta resulta pertinente en una época marcada por el aumento del estrés laboral, la ansiedad, la depresión y las dificultades de atención; fenómenos que dialogan con una cultura que ha convertido la productividad en una medida central del valor humano. Como ha señalado Franco “Bifo” Berardi, habitamos un tiempo marcado por la incapacidad de elaborar experiencias significativas.
En este contexto, las artes responden a una necesidad que difícilmente puede medirse mediante indicadores económicos, porque permiten cultivar la sensibilidad. Allí donde predominan la competencia y la eficiencia, las prácticas artísticas abren espacios para la contemplación, el encuentro y la construcción de significado.
Pero incluso si aceptamos discutir el problema en términos económicos, existe una idea errónea, profundamente instalada, de que las artes son económicamente irrelevantes. Los datos muestran una realidad distinta. Según cifras de ProChile, las industrias creativas aportan alrededor del 2,2% del Producto Interno Bruto nacional y generan cerca de 150 mil empleos en Chile. En economías altamente desarrolladas su peso es mayor, en el Reino Unido representan cerca del 5% de la economía y generan más de dos millones de puestos de trabajo.
No es casual que incluso instituciones científicas de primer nivel reconozcan el valor estratégico de las artes. Hace algunas semanas, la NASA abrió una convocatoria dirigida a poetas, músicos, documentalistas y narradores para acompañar y comunicar futuras misiones espaciales. La iniciativa reconoce que la exploración científica también necesita relatos capaces de conectar con la sociedad.
El problema no es si las artes producen riqueza. La producen. Tampoco si son útiles para la sociedad. Lo son. El verdadero problema es que quienes generan una parte importante de ese valor económico, cultural y simbólico suelen hacerlo en condiciones de precariedad e incertidumbre, mientras que el acceso al conocimiento continúa dependiendo, para miles de personas, de asumir una deuda que puede acompañarlos durante gran parte de su vida.
Finalmente, la discusión no es qué disciplinas son rentables y cuáles no. Más bien, qué conocimientos consideramos indispensables para una vida plena, y cómo fortalecer estos campos, para garantizar condiciones dignas para quienes trabajan en ellos. Porque una sociedad que sólo valora aquello que produce ganancias, corre el riesgo de empobrecerse en aquello que ninguna cifra puede reemplazar: su capacidad de encontrar sentido en la experiencia humana.