Con evidente preocupación, hemos sido testigos del deterioro de la convivencia escolar en los últimos años. En las últimas semanas, además, el tema ha vuelto a instalarse con fuerza en la discusión pública, no sólo por hechos recientes, sino también por señales de un clima más amplio: en la Región de Valparaíso, por ejemplo, se contabilizaron más de 200 denuncias por amenazas de tiroteo en apenas 25 días. Más allá de su veracidad, estas alertas parecen aludir a un malestar que trasciende los casos puntuales.
Las razones han sido múltiples y tienen distintos orígenes, que van desde la falta de inversión en programas especializados en convivencia, el bajo involucramiento de los entornos escolares incluyendo las propias familias, así como el agudo conflicto con el intenso uso de pantallas, que han contribuido al desarrollo de comportamientos agresivos, de alejamiento social e incluso que introducen a niñas, niños y adolescentes a universos violentos que luego replican.
Sin embargo, mientras las respuestas se concentran en el control y la sanción, hay otras herramientas que pueden aportar de manera significativa a este escenario, como la educación artística. La práctica y estudio de la creación artística generan dinámicas de convivencia virtuosa que tienen múltiples efectos tanto a nivel individual como colectivo: la práctica artística permite a las personas desarrollar disciplina, concentración, estimular la creatividad y la oportunidad de experimentar cotidianamente experiencias sensibles y transformadoras, entre muchos otros efectos positivos.
El trabajo colectivo en torno a la práctica artística induce a las comunidades a promover la diversidad de perspectivas, a entender la relevancia y sentido de tener diferentes roles, al compromiso compartido y a la posibilidad de abordar temáticas sensibles, así como también favorece el aprendizaje de los contenidos de otras disciplinas de manera lúdica, configurando espacios donde el vínculo con otros se vuelve central y cuyo impacto puede transformar comunidades completas. No es casualidad, como advertía Humberto Maturana: “Sólo son sociales las relaciones que se fundan en la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia”.
En ese sentido, más que buscar soluciones exclusivamente en la sanción, resulta pertinente echar mano de lo que ya existe hoy, de las capacidades instaladas en la educación artística formal, así como de la experiencia de instituciones de educación enfocadas en las artes Es el caso de la Fundación de Orquestas Infantiles y Juveniles, que durante décadas ha evidenciado el poder transformador de las artes en contextos educativos, o de la Balmaceda Arte Joven, cuyo trabajo genera un impacto en jóvenes a lo largo del país, posibilitando la emergencia de miradas sensibles, críticas, propositivas y esperanzadoras.
La educación artística promueve la empatía, la apertura de perspectivas inéditas y constructivas en las niñas, niños y jóvenes. Estimula la acción colectiva con fines compartidos, posibilita la emergencia de instancias de comunicación, gozo y sentido de lo común que tanto hace falta en las escuelas y espacios educativos en todos los niveles. Por esto, es muy relevante que ante un contexto conflictivo, de crisis en la convivencia escolar, busquemos como sociedad nuevas formas de enfrentarlo sin que ello signifique la criminalización de quienes, con sus actos, muchas veces son síntoma de violencias más profundas: aquellas que se incuban en los barrios, en los conflictos mal abordados en las familias y en una sociedad crecientemente orientada al rendimiento individual por sobre la construcción de lo común.
Por eso, poner en el centro de la convivencia la educación artística es hoy un imperativo que nos permite enfrentar la crisis que atravesamos. No como una solución inmediata, sino como un camino posible para recomponer vínculos, habilitar otras formas de relación y ensayar maneras creativas de abordar nuestro presente.
A pocos días de una nueva Semana de la Educación Artística, instancia que cada año moviliza actividades en todo Chile, resulta especialmente pertinente relevar estos conocimientos como parte fundamental de la formación. En ese horizonte, este viernes 24 de abril a las 14:00 horas, el programa Diálogos de lo (Im)posible pondrá esta discusión en el centro, abriendo una oportunidad para profundizar en estas preguntas y pensar, desde lo público, cómo imaginamos espacios educativos capaces de sostener no sólo aprendizajes, sino también formas de convivencia.