Hace más de sesenta años, el fotógrafo Sergio Larraín recorrió las riberas del río Mapocho retratando grupos de niños que vivían en la calle. Dormían sobre las rejillas del Metro de Santiago por donde escapaba el aire tibio, caminaban descalzos, fumaban siendo apenas niños y se apilaban unos junto a otros para enfrentar el frío de las noches.
Por estos días, mientras se discute una propuesta parlamentaria para sancionar con cárcel la instalación de rucos en el espacio público y las noticias vuelven a reportar la muerte de personas que duermen en las calles a causa del frío, resulta inevitable volver sobre esas imágenes.
Como escribe Gonzalo Leiva Quijada en Sergio Larraín. Biografía/Estética/ Fotografía (Metales Pesados, 2017), para muchos esta serie «refundó la fotografía chilena». A través de sus imágenes, Larraín generó una intimidad inédita entre el espectador y aquellos sujetos marginados que la sociedad prefería mantener a distancia. Sus fotografías no sólo documentaron la pobreza del Chile de la época, sino que logran hacer perceptible un sufrimiento que el paisaje urbano había terminado por normalizar.
En este punto, es evidente que la presencia de rucos genera conflictos. Nadie podría negar las dificultades sanitarias, urbanas o de seguridad que pueden producir. Pero cuando la discusión se reduce a cómo retirar aquello que incomoda nuestra vista, olvidamos que detrás de cada carpa improvisada hay una persona y una historia de vida.
El investigador Jean Paul Brandt escribe una frase que resume la experiencia de las fotografías de Larraín: «Un vagabundo es alguien a quien la gente ve, tanto como ven árboles, edificios o lo que sea, pero que nunca es realmente visto». Como fotógrafo de calle, Larraín también tuvo que convertirse, en cierta medida, en un vagabundo, en un ente invisible, espectador y cómplice de la cara más cruda de la pobreza, en un país obnubilado por el progreso. Esa cercanía permitió que sus fotografías trascendieran el registro documental para convertirse en una experiencia de empatía.
¿Para qué sirven las artes en una época que exige utilidad, impacto y resultados medibles? Lo cierto es que una fotografía no construye viviendas, no reemplaza una política social ni resuelve el problema de las personas sin techo. Pero es un poderoso motor cuya potencia radica en su capacidad de interrumpir la indiferencia y devolver la humanidad, justo allí donde la costumbre sólo alcanza a ver un problema práctico.
La serie Niños del Mapocho sigue recordándonos una de las funciones más profundas de la creación artística: impedir que el sufrimiento del otro se vuelva parte del paisaje. Porque antes de transformar la realidad, se necesita volver a mirarla.