Hace algunos días, en una entrevista de prensa, el nuevo ministro de las Culturas, Francisco Undurraga, señaló que uno de los principales desafíos de su gestión será entusiasmar a más personas para que se acerquen a este mundo. En ese contexto, afirmó que el ministerio debe estar “al servicio de los creadores y, sobre todo, de quienes consumen cultura”. La frase causó suspicacia: ¿qué significa hoy hablar de “consumidores” de cultura?
Detenerse en esa expresión permite abrir una reflexión más amplia. Hablar de “consumo cultural” supone trasladar al ámbito de las artes un vocabulario propio de la economía material, donde los bienes se adquieren, se usan y se desechan. Sin embargo, la relación con la cultura difícilmente puede entenderse en esos términos. Asistir a un concierto, recorrer una exposición o leer un libro no equivale a satisfacer una necesidad inmediata, sino a participar de experiencias que movilizan afectos, conocimientos y formas de comprensión del mundo.
Esta tensión no es menor si se considera que durante décadas, buena parte de las políticas culturales en Chile y el mundo se han construido sobre la base de los derechos culturales. Es decir, sobre la idea de que toda persona tiene el derecho no solo a acceder, sino también a crear, participar y expresarse. Como ha señalado la UNESCO, garantizar el derecho a la cultura es un imperativo ético y social; enfoque que ha dado origen a marcos jurídicos y programas públicos orientados a proteger el patrimonio, promover la libertad artística y fortalecer las condiciones de trabajo del sector.
Diversos teóricos han advertido sobre el avance del lenguaje del consumo en la forma en que hoy pensamos la cultura y su lugar en la vida pública. La artista y ensayista estadounidense Martha Rosler plantea en uno de los ensayos que componen su libro “Clase cultural” (2013), que tanto los artistas como las organizaciones que los apoyan “se han reinventado a sí mismos como proveedores de servicios al consumidor”. Desde esta perspectiva, buena parte de la circulación cultural contemporánea se articula en torno a lo que Rosler denomina una “retórica del servicio”, en la que la oferta artística tiende a orientarse hacia la producción de “experiencias fantásticas o transformadoras”, utilizando registros cercanos a los del entretenimiento, la publicidad o el consumo efímero.
Cuando esta lógica se vuelve predominante, la relación con la cultura corre el riesgo de desplazarse hacia el terreno de elecciones individuales dentro de un menú de experiencias disponibles, debilitando así su potencial político y su capacidad de incidir en la construcción de comunidad, memoria y significados compartidos.
Pero, incluso en una época donde el lenguaje del consumo promete acceso, entusiasmo y experiencias culturales desprovistas de conflicto, el arte sigue produciendo fisuras en esa narrativa. “Estoy lejos de estar preparada para aceptar que los artistas han perdido el futuro”, advierte Martha Rosler, desde una trayectoria que ha insistido en vincular la práctica artística con la justicia social.
Una de sus obras más conocidas es la serie House Beautiful: Bringing the War Home (1967-72), compuesta por fotomontajes que yuxtaponen imágenes de la comodidad doméstica de la clase media estadounidense, con fotografías documentales de la Guerra de Vietnam, buscando evidenciar las conexiones entre la vida cotidiana, los medios de comunicación y la industria bélica. Décadas más tarde, la artista retomó la serie para abordar las guerras en Irak y Afganistán, destacando la necesidad de activar una reflexión crítica desde el campo cultural.
Su aguda mirada sobre el rol del arte en la sociedad es especialmente iluminadora por estos días: «Aquí hay algo a considerar: la esfera cultural, a pesar de su cooptación por parte del marketing, es un lugar perpetuo de crítica y resistencia».