Cada vez que se anuncia un Día de los Patrimonios ocurre lo mismo: filas de personas que doblan las esquinas, cupos que se agotan temprano y todo tipo de ciudadanos y ciudadanas esperando entrar a edificios que el resto del año permanecen como parte del paisaje. Habitualmente esta fiesta cultural se celebra en mayo, pero este fin de semana, por primera vez se realiza una edición estival y, justamente por el éxito de público que convoca, desde ahora quedará instalada como un evento fijo, el último sábado de enero, año a año. Con más de 700 actividades que se van a desplegar en todo el país, este Día de los Patrimonios en Verano confirma, una vez más, que el interés por el patrimonio es un pulso ciudadano persistente.
Algo se activa ahí. Una curiosidad intensa, casi urgente, por reencontrarse con lugares, relatos y prácticas que reconocemos como propias. Pero más allá de la efervescencia del evento, vale la pena mirar con lupa qué entendemos por patrimonio y qué está ocurriendo en torno a su resguardo y proyección.
Según la UNESCO, el patrimonio comprende “las prácticas, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural”. La definición se aleja de la idea de monumento estático y pone el acento en las personas, los saberes y las prácticas compartidas. En contraste, la RAE define patrimonio como el “conjunto de bienes propios adquiridos por cualquier título”, una noción más cercana a lo material y a la herencia. Dos miradas que no se excluyen, pero que revelan una tensión: ¿el patrimonio es algo que se conserva o algo que se practica?
Esa pregunta atraviesa hoy múltiples debates y también medidas concretas. Hace poco días, la Universidad de Chile aprobó la primera Política Universitaria de Patrimonio del país, sentando un precedente en el sistema de educación superior. La política establece una visión institucional transversal, reconoce explícitamente patrimonios culturales materiales e inmateriales, y propone acciones como registro y documentación de bienes, conservación y digitalización de colecciones, investigación patrimonial, divulgación, educación y extensión.
Entre sus medidas más relevantes está la creación de un catálogo patrimonial en línea que permita visualizar los distintos patrimonios de la Universidad y fortalecer el diálogo con la sociedad. La política contempla además una nueva gobernanza, con un Consejo de Patrimonio, un Comité Ejecutivo y una Red Patrimonial que articulará museos, archivos y bibliotecas universitarias. Se considera como base del financiamiento de esta iniciativa el monto de 200 millones de pesos incluidos en el Presupuesto 2026 de la U. de Chile.
Mientras tanto, a nivel país, Chile continúa posicionando expresiones culturales en el escenario internacional. Esta semana se conoció la postulación del Canto a lo Poeta a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, una tradición poético-musical con más de 400 años de historia, profundamente arraigada en comunidades rurales y basada en la memoria, la improvisación y la transmisión oral. En paralelo, el Circo de Tradición Familiar en Chile fue oficialmente incorporado a esa misma lista, reconociendo una práctica popular con más de dos siglos de trayectoria, sostenida por familias que han transmitido su oficio de generación en generación. Ambos casos refuerzan la idea de que el patrimonio no es sólo pasado, sino presente activo y también futuro.
Quizás por eso el Día de los Patrimonios convoca tanto. Porque, más allá de abrir edificios, abre preguntas. ¿Qué decidimos cuidar? ¿Qué elementos nos hacen sentir parte de una misma identidad? ¿Qué memorias queremos seguir transmitiendo hacia el futuro?
En este último Boletín DiCREA antes del receso estival, queremos invitar a pensar el patrimonio no como una fecha en el calendario, sino como una relación cotidiana: algo que se habita, se aprende y se proyecta colectivamente.