“Es solo una moda, ya va a pasar”. “No es música de verdad”. “Es un muy mal ejemplo para las nuevas generaciones”. ¿Quién no escuchó estas repetidas frases a principios de los años 2000, cuando el reggaeton se empezaba a viralizar como un nuevo género de música popular?
Más de dos décadas después, resulta innegable que aquellas canciones que nos contagiaron de pegajosas letras y bailes sensuales, junto a sus intérpretes, hoy constituyen una industria gigantesca con una de las plataformas de exposición más grandes dentro de las artes.
Sin embargo, de aquella reticencia a su reconocimiento todavía queda. Y mucho. El fin de semana pasado, el cantante nacional Pablo Chill-e realizó un espectáculo que seguro quedará plasmado en la historia de la música chilena. En un evento llamado Red Bull Symphonic, el cofundador de la organización comunitaria Coordinadora Social Shishigang y principal exponente del “género urbano” chileno, se subió al escenario del Centro Cultural CorpArtes y sorprendió al unirse a La Brígida Orquesta junto a su director Gabriel Paillao.
El concierto, que además fue transmitido gratuitamente por la señal de televisión y el canal de Youtube de la emisora TVN, no tardó en provocar ronchas. Y así arremetió el otrora director de la orquesta del Festival de Viña, Horacio Saavedra, en sus redes sociales: “Traté de disfrutar y entender este invento tipo concierto estelar de música urbana, pero no pude seguir”.
Entonces, si un día nos estamos quejando sobre la falta de audiencias para actividades más clásicas del arte –como los conciertos sinfónicos–, y al otro, sobre la romantización de la violencia en las artes callejeras –como el reguetón y el trap–. ¿Qué es lo que está mal de una experiencia que rompe con estos esquemas y transgrede los órdenes preestablecidos mientras triunfa en su experimento?
No por nada Yandel, conocido cantante de reguetón, trae en octubre “Yandel Sinfónico”, su más reciente gira que incluye a una orquesta filarmónica, acompañado de arreglos musicales de Rodner Padill, ganador del Premio Grammy. Quizás todavía no somos lo suficientemente conscientes de su potencial. Desde un punto de educación artística, podría ser acercar la música docta a los y las jóvenes. Desde otro, combatir los estigmas contra sectores populares y sus expresiones, relegándolos al único espacio en donde no incomodan tanto: los márgenes.
Pero quizás el más interesante de todos es el desarrollo de nuevas audiencias. Unas interesadas en la creatividad y en el aprendizaje integral de las artes, más que en el discurso prejuicioso de su origen. Unas que desarmen, de a poco, la estructura de orden social que sobreestimula de artes al centro y empobrece de las mismas a las periferias. Audiencias que rompan con los límites de lo imaginado y propongan nuevos recorridos y experiencias culturales.
Además, como dijo la escritora e investigadora sobre cultura urbana, Andrea Ocampo:
“Estamos ante la maravilla de encontrar a músicos que han estudiado música, que le han entregado sus pestañas, cuellos y sudor a un instrumento, incluídos en un evento que vende tickets y permite subsistir otro mes más. Una realidad musical basada en la precariedad artística que comparten con la gran mayoría de aficionados y emergentes de las músicas urbanas”.
Si en la unión está la fuerza, hemos encontrado en esta colaboración musical una propuesta que viene a enriquecer al mundo cultural absorto, como todo, en problemas como la segregación social, la crisis económica y la desigualdad en su acceso como derecho humano. Y está en nosotros, sus más diversas audiencias, escuchar atentamente lo que hay detrás de este nuevo sonido.