Hace pocos días el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio presentó la Encuesta Nacional de Participación Cultural y Comportamiento Lector 2024, un instrumento que, aunque no logra reflejar toda la complejidad de la vida social chilena, sí entrega pistas valiosas sobre quiénes somos y cómo nos relacionamos con la cultura. Se trata de una noticia positiva, además, porque los últimos datos de participación cultural en Chile databan de 2017 —cuando aún no se creaba el Ministerio—, y la actualización sobre comportamiento lector no se realizaba desde 2014. Estas encuestas permiten identificar tendencias y brechas, y resultan extremadamente valiosas para orientar nuevas investigaciones, el diseño de políticas públicas y proyectos en el área.
Los titulares destacados de esta encuesta muestran, a grandes rasgos, un alza en la participación cultural: hoy un 75,4% de las personas encuestadas declara haber asistido a alguna actividad en los últimos 12 meses. También aparece un rasgo generacional: los jóvenes entre 15 y 29 años lideran la asistencia a actividades culturales (92,6%), mientras que en los mayores de 65 la cifra desciende a 40,6%. En el comportamiento lector destacan otras pistas: la preponderancia del libro en papel (81,8% frente a un 15,3% que prefiere dispositivos) y el dato de que los y las chilenas leen en promedio 5,5 libros al año por gusto u ocio.
Quizás los hallazgos más reveladores son los que aparecen cuando estos datos se miran con lupa. En este sentido, en la medida en que los resultados de la encuesta se vayan cruzando con experiencias cotidianas, investigaciones y nuevos estudios, podrán mostrar todo su potencial para comprender cómo vivimos la cultura en Chile. Pero hay un dato que salta a la vista y que marca un punto clave para abrir la discusión: la brecha entre niveles socioeconómicos. En los niveles socioeconómicos altos la participación cultural alcanza el 95%, mientras que en los niveles socioeconómicos bajos llega al 65%.
La encuesta confirma que el principal motivo de no participación es el cansancio y la falta de tiempo (30,9%). Y aquí surge la pregunta: ¿cómo podría ser distinto? Pensemos en alguien que pasa nueve horas diarias en el trabajo, a lo que debe sumar una o dos horas de transporte (tiempo todavía mayor cuando se vive en las periferias urbanas), y que al llegar a casa inicia una segunda jornada de labores domésticas: cocinar, limpiar y cuidar. ¿En qué momento esa persona podría ir al cine, a un concierto o abrir un libro?
No hablamos de gustos distintos, más bien de condiciones materiales. El acceso real a la cultura no depende únicamente de la cantidad de teatros o bibliotecas que se construyan, ni de que siga aumentando la oferta de actividades culturales con entradas accesibles, sino también de que las personas dispongan de tiempo y energía para visitarlos.
Lo cierto es que la desigualdad hoy no se limita a los ingresos o el acceso a bienes materiales, se juega también en el derecho al descanso, al ocio y a la posibilidad real de participar en la vida cultural. La disponibilidad del tiempo es un tema que nos toca muy de cerca, en una época que exige la máxima eficiencia y productividad, muchas veces al costo del bienestar.
Una reflexión interesante es la que plantea Maurizio Lazzarato en “La fábrica del hombre endeudado” (2010). Allí sostiene que vivimos en una “economía de la deuda”, donde “el crédito obliga a calcular lo incalculable —los contratiempos y acontecimientos futuros— y a aventurarse en la incertidumbre del tiempo”. En este sentido, las personas no solo enfrentan el desbalance de los recursos o del salario, sino también del propio tiempo: nos endeudamos en tiempo vital, comprometiendo el presente y futuro.
Así, mientras no se avance en equilibrar ese «derecho al tiempo» (que en materia de leyes se discute como conciliación de la vida personal, familiar y laboral), la cultura seguirá siendo un espacio estructuralmente desigual: disponible para algunos y esquivo para otros.