Con la gran recepción internacional de la película “La misteriosa mirada del flamenco” de Diego Céspedes, que incluyó premios en Cannes y San Sebastián e incluso su nominación a los premios Goya; como también la selección del filme “Hangar Rojo” de Juan Pablo Sallato para ser estrenada en Berlinale; y además, el anuncio de Chile como Invitado de Honor en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2026, se puede decir que el cine chileno goza hoy de muy buena salud.
Este escenario se viene construyendo hace ya varios años. Desde el primer Óscar del país, en 2015, para “Historia de un oso” de Gabriel Osorio, y luego en 2017, para “Una mujer fantástica” de Sebastián Lelio, el cine chileno no ha dejado de celebrar victorias y reconocimientos. Una trayectoria que se exhibe estos días en la muestra “Cine en Chile. Historia(s) en movimiento” del Centro Cultural La Moneda. Su recorrido abarca más de un siglo de vínculo de esta disciplina con la vida social, política y cultural de nuestro país.
Así, la cinta “Denominación de origen” de Tomás Alzamora logró el año pasado que el conflicto entre San Carlos y Chillán por el origen de las longanizas volviera a posicionar las producciones nacionales como éxito de taquilla. Este relato local tendrá su estreno televisivo el sábado 7 de marzo, a través del canal nacional TVN. Una importante repercusión para el acceso público, que se ha repetido en años anteriores con filmes como “El agente topo” de Maite Alberdi.
Pero no todo es color rosa en la industria cinematográfica nacional. Las producciones chilenas lidian constantemente con la complejidad de conseguir las altas sumas de dinero que cuestan sus realizaciones. En el caso de la ópera prima de Céspedes, por ejemplo, se requirieron más de tres años para recaudar fondos que la sustentaran. Otro problema latente es la falta de espacios para exhibir nuestras propias películas.
Según el Informe de Programación y Públicos 2024 de la Asociación Gremial de Red de Salas Independientes de Cine de Chile, la programación de cine nacional llegó apenas al 21% del total, lo que evidencia una tendencia a la baja respecto del 29% en 2023. Aunque nuestro cine es bien valorado por circuitos internacionales y por la crítica, las grandes cadenas priorizan los estrenos internacionales. Esto ha suscitado debates sobre la necesidad de cuotas en pantalla, así como demandas del sector que apuntan a mejorar la infraestructura pública para el mundo audiovisual.
Por eso la reciente noticia sobre la concesión de la casa propia a la Cineteca Nacional es recibida con emoción. Los 5.500 metros cuadrados de un terreno colindante al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos serán destinados a “resguardar, preservar y conservar el patrimonio fílmico chileno”. Y esta edificación que proyecta abrir sus puertas en cinco años más, “nos va a permitir saldar una deuda histórica que tiene el Estado de Chile”, según Carolina Arredondo, Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Descrito como un edificio que contendrá dos salas de cine, una mediateca, laboratorios de restauración y depósitos especializados, abre también las preguntas: ¿satisfacerá así las necesidades del público contemporáneo? ¿qué ofrecerá para atraer a espectadores con acceso al cine mundial a través del streaming?
Cuando imaginamos un espacio que, más allá de sumar nuevas salas, se abra como un lugar de encuentro entre las películas, la ciudadanía y la memoria del cine chileno, cabe entonces recordar las palabras de uno de los referentes del cine nacional, Raúl Ruiz, quien ya en 1972 se entusiasmaba con “la posibilidad de que el cine se torne un arte compilador de artes. Es decir, que se anule como cine mismo, como arte autónomo, y se convierta en un compilador del arte de subir escaleras, de sentarse, de mirar por las ventanas. De registrar una serie de gestos que son un arte en sí mismo. Considero que es una posibilidad muy atractiva, una posibilidad —por decirlo así— de hacer artístico este país. De hacerlo todo cultura.”