No deja de ser curioso que, en un mismo momento histórico, dos humoristas, Natalia Valdebenito en Chile y Jimmy Kimmel en Estados Unidos, se vieran enfrentados a presiones que pusieron en jaque algo más que un chiste: la propia libertad de expresión. En dos escenarios distintos, con industrias del entretenimiento y tradiciones de comedia diferentes, emergió una misma disputa: ¿qué dice de nuestras sociedades que la comedia deba rendir cuentas ante tribunales o gobiernos?
Partamos poniendo en contexto. En Chile a fines de agosto, Valdebenito fue denunciada tras bromear sobre la tragedia de los mineros de El Teniente y la Corte de Apelaciones de La Serena dictó una orden que obligaba a la humorista a abstenerse de hacer nuevas mofas sobre el derrumbe; dos semanas después, la misma corte dejó sin efecto la medida, invocando la libertad de expresión.
En Estados Unidos, tras dichos que aludían al asesinato del activista conservador Charlie Kirk, a mediados de septiembre, ABC suspendió el programa “Jimmy Kimmel Live!”. Donald Trump celebró la decisión y reavivó su disputa pública con los late shows, al punto de que varias cadenas optaron por no emitir el programa. Pocos días después, la red televisiva dio pie atrás y Kimmel volvió al aire con un monólogo que defendía la crítica sin banalizar la tragedia. Finalmente, grupos como Sinclair y Nexstar reanudaron la transmisión del programa, cerrando así el episodio de suspensión temporal.
Ahí radica la complejidad de la libertad de expresión, lo cierto es que no solo se hace valer cuando toleramos dichos con los que estamos de acuerdo, sino más bien cuando aceptamos escuchar lo que nos incomoda. Su ejercicio implica, por definición, la posibilidad de excesos, que van desde el chiste cruel hasta la sátira que ofende o la imitación que ridiculiza. Defender la libertad de expresión no es una cuestión de gustos, es un principio: se trata de sostener el marco que permite que existan incluso los enunciados que no nos gustan. Porque lo que hoy silencia a otro, mañana puede volverse contra nosotros.
El humor está siempre en un terreno ambiguo y la pregunta por dónde está su límite es una eterna interrogante. El filósofo francés y Nobel de Literatura, Henri Bergson, dedicó toda una obra a pensar la risa y dejó algunas pistas. Para él, la risa tiene una finalidad práctica en la vida social. Funciona como un correctivo de rigideces, desinfla solemnidades y abre aire en la conversación pública. «Nosotros lo complicamos: él nos simplifica», anota. Pero el propio Bergson repara en que «la insensibilidad suele acompañar a la risa». En este sentido, la indiferencia y el desapego son su entorno natural. «La comicidad exige pues, para surtir todo su efecto, algo así como una anestesia momentánea del corazón», sostiene.
En la historia del arte, la comedia, la sátira y lo grotesco, junto con vanguardias como el dadaísmo y el surrealismo, han sido herramientas decisivas para desestabilizar normas, desafiar al poder y abrir nuevas formas de pensamiento. Y precisamente porque incomodan, viven bajo sospecha.
Al fin y al cabo, el humor habita esa frágil frontera entre lo soportable y lo intolerable, a la vez que dice mucho acerca de quiénes somos. Pero lo que quizá diga más aún, es el hecho de que haya censura y presión sobre él.
Cuando un presidente persigue a la comedia, o cuando un tribunal dicta una orden contra un chiste, lo que tiembla no es solo la rutina de un comediante o la permanencia de un late show, sino que se estrecha un espacio de libertad.