“Las nuevas catedrales”. Así bautizó el poeta Raúl Zurita a las estaciones del Metro de Santiago, entendidas como un espacio que posibilita el encuentro entre las personas y con la cultura. “El Metro es el espacio público por definición, donde uno va a encontrarse con los otros, donde se cruzan las miradas en los andenes; esta dinámica es bella, poética, alucinante”, señaló en 2009. En esa misma ocasión afirmó no haber conocido ningún otro metro en el mundo como el de Chile, sobre todo por su capacidad de integrar cultura y ciudad.
En el marco del aniversario número 50 de la red de transporte subterráneo, se anunciaron dos nuevas obras que vienen a fortalecer este vínculo entre ciudad, cultura y Metro: Por un lado, un homenaje a los pioneros de la aviación chilena en la estación Villa Frei (L3); y por otro lado, el mural “Esculpir el tiempo” de la artista Coni Lars, en la estación Conchalí (L3).
La nueva obra en la estación Villa Frei recuerda el legado de Félix y César Copetta, e incluye una réplica del avión utilizado en el primer vuelo oficial registrado en Chile en 1910, junto con un mural del artista francés Rémi Torunier que dialoga visualmente con esta hazaña histórica. En estación Conchalí, en tanto, el mural que se inauguró, «Esculpir el tiempo», fue ganador del concurso “Mural Geométrico 50 años”. Según señaló la artista visual Coni Lars, esta obra se construye desde un lenguaje geométrico y cinético, donde color, ritmo y forma hacen una metáfora visual de estas cinco décadas del Metro.
Con estas dos incorporaciones, la red suma 88 obras permanentes distribuidas en distintas estaciones, ocupando más de 11 mil metros cuadrados y dando vida al proyecto MetroArte. Esta iniciativa, que ha transformado al Metro de Santiago en una verdadera galería abierta, tiene entre sus hitos más reconocibles las obras de Mario Toral en Universidad de Chile, Guillermo Muñoz Vera en La Moneda o Roberto Matta en Quinta Normal, entre muchas otras piezas que acompañan el tránsito de las más de 2,6 millones de personas que ocupan el metro a diario.
La idea de integrar obras de arte en el Metro se inspiró en los planteamientos de la fotógrafa e historiadora del arte sueca Marianne Ström, quien propuso que la integración de las artes plásticas en los espacios arquitectónicos públicos podría tener una influencia considerable en la calidad de la vida urbana. En Chile, voces locales como las de Milán Ivelic y Gaspar Galaz —recientemente distinguido con el Premio a las Artes de la Visualidad—, publicaron en 1975, en la desaparecida revista AUCA, un ensayo en el que defendían la idea de que las estaciones de Metro podían convertirse en espacios para el arte público.
Claro que, en un comienzo, el objetivo era más bien práctico: hacer del viaje una experiencia menos claustrofóbica. Por eso en los años 90 proliferaron mosaicos, juegos de color y propuestas cinéticas que buscaban ampliar visualmente los pasillos subterráneos y volverlos más acogedores.
Cincuenta años después, la red de Metro de Santiago cuenta con una colección que muchos museos ya quisieran y que sigue creciendo cada año. Lo cierto es que, incluso aunque pocas veces nos detengamos a contemplarlas, la presencia de estas obras en nuestro recorrido, día a día, nos dota de un imaginario amplio y diverso, y nos da un respiro en medio del ritmo acelerado de la capital.
Quizás por eso es que hoy ya existen verdaderos fans del Metro, por ejemplo, en redes sociales, donde muestran colecciones en las que atesoran cada tarjeta Bip! nueva que aparece… Hay algo ahí que nos conecta, iniciativas que democratizan el acceso a la cultura y, de paso, nos hacen querer algo que podría ser simplemente funcional. Ofreciéndonos incluso la posibilidad de iniciar una conversación con una pregunta sencilla pero potente: ¿cuál es tu estación de Metro favorita?