En la más reciente edición del Primavera Fauna, la banda británica Massive Attack cautivó con su legendario trip-hop, al mismo tiempo que sorprendió al público con un manifiesto político de forma audiovisual. En las pantallas, algunos de los y las asistentes pudieron ver sus caras individualizadas como si se tratara de una tecnología de reconocimiento facial. Una clara intención se asomaba: reflexionemos sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el control social y la pérdida de privacidad.
Al ritmo de la atmósfera envolvente de sus experimentaciones con sonidos entre géneros electrónicos y reggae, se empezaron a sumar referencias específicas a la ocupación de Gaza. Cifras de las víctimas humanas y del financiamiento bélico fueron proyectadas, junto con imágenes de Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Vladimir Putin. E incluso Robert Del Naja, más conocido como “3D”, habló en español para resaltar que en Chile vive la mayor cantidad de palestinos fuera del mundo árabe.
Por tercera vez en territorio nacional, este show dejará, sin duda, un contundente recuerdo entre quienes lo presenciaron. Una actuación que presentó mucho más que una exhibición de obras artísticas: una verdadera declaración política, con militancia activa en causas ideológicas contemporáneas (en su paso, la banda incluso provocó un álgido debate al hacer que el festival no vendiera carne de vacuno en el día que se presentaron).
En un escenario de intenso alzamiento de guerras internacionales, incentivadas por el auge de discursos de odio y regímenes autoritarios, vuelve a resonar la pregunta por el lugar de las artes en este contexto. La filósofa, artista y profesora Susan Sontag, en su libro “Ante el dolor de los demás” (2000), cuestiona una idea suya anterior sobre el efecto que podría tener la sobreexposición a cruentas imágenes de guerra en las noticias, resultando en entumecimiento y apatía por parte de las audiencias.
Allí escribió que “es absurdo identificar el mundo con las regiones de los países ricos donde la gente goza del dudoso privilegio de ser espectadora, o de negarse a serlo, del dolor de otras personas, al igual que es absurdo generalizar sobre la capacidad de respuesta ante los sufrimientos de los demás a partir de la disposición de aquellos consumidores de noticias que nada saben de primera mano sobre la guerra, la injusticia generalizada y el terror”.
Algunos artistas se han autodenominado “artivistas”, poniendo su producción al servicio de las revoluciones o las protestas políticas. Otros, sumidos en su universo interior, han despreciado la idea de que sus obras sean juzgadas a partir de contextos diferentes a lo creativo, algo como “separar al autor de su obra”. Y también están quienes cuestionan la forzosa distancia o cercanía entre ética y estética para la creación e interpretación artística.
¿Cuál es el límite entre arte y activismo? ¿Estos gestos buscan o pueden realmente incidir en la política o remover conciencias? Quizás la respuesta a estas incógnitas está en la forma en que pueden tomar las obras artísticas al presentarse ante un público que tiene el “privilegio de ser espectador”. Y en la posibilidad –y responsabilidad– de quienes tienen el poder de convocar, para pasar de entregar en bandeja aquello que se espera de ellos en términos artísticos y transformar su espectáculo en una experiencia innovadora e impactante, tanto para las audiencias como para quienes no tienen el privilegio de serlo y sí la desdicha de vivir el sacrificio en cuerpo propio.